lunes, 9 de diciembre de 2013

Unas notas sobre la posibilidad de bajo crecimiento en los países avanzados (secular stagnation)

El economista Larry Summers, Secretario del Tesoro de Estados Unidos bajo la Presidencia de Bill Clinton, ha pronunciado recientemente una conferencia en un acto organizado por el FMI en la que consideraba que Estados Unidos había apoyado el crecimiento de su economía desde hace varias décadas en la generación de burbujas gracias a la disposición de políticas monetarias en apariencia laxas, pero que según su criterio no eran así, al no haber estado acompañadas de fenómenos inflacionistas porque en realidad el tipo real de interés de pleno empleo era negativo en 2 o 3 puntos desde la mitad de la década de los años noventa. Por este motivo, continúa, ni siquiera los estímulos artificiales provocados por la imprudencia del sector financiero fueron capaces de conseguir un sobrecalentamiento en la demanda (la última etapa fue llamada La Gran Moderación). Así, después de sortear la crisis financiera, para él, el futuro al que se enfrenta Estados Unidos (y por extensión otros países desarrollados) es un escenario de bajo crecimiento con elevado desempleo (secular stagnation) salvo que se mantenga en el tiempo una política monetaria con tipos de interés negativos incluso en términos nominales, al considerarlos el punto natural de equilibrio en las actuales condiciones para conseguir el equilibrio entre ahorro e inversión.  En otras palabras, Summers propone buscar soluciones a la trampa de la liquidez superando barreras nunca superadas.

El discurso de Larry Summers sobre burbujas y estancamiento estructural de los países avanzados me ha hecho recordar el contenido de una parte del último capítulo del libro "La economía edificada sobre arena" (páginas 130-132) que escribí junto Álvaro Anchuelo durante 2008 (publicado en 2009), donde se comentaba la existencia de causas estructurales más profundas a la crisis financiera que podían explicar el declive de los actuales países más avanzados percibido en las últimas décadas. Como se puede comprobar en la transcripción siguiente -así de paso publicito el producto haciendo caso a un amigo que mantiene que quién no se anuncia no vende- está recogida una tesis distinta sobre la creación de burbujas que se centra en considerarlas un instrumento alternativo para suplir deficiencias en la capacidad de competir de los productos tradicionales. Una alternativa, las burbujas, que en mi opinión no cabe calificar de efecto placebo porque sus consecuencias negativas han sido evidentes en todos los lugares donde se han provocado.

Epilogo. Algunas reflexiones sobre el contenido de la crisis
2º) El componente financiero de la crisis puede estar ocultando otras causas estructurales más profundas.

En las actuales condiciones no hay motivos objetivos para pensar que la economía mundial vaya a volver a la normalidad pronto. Puede que esté cerca de tocar fondo en su caída, pero ahora tiene que volver a subir la cuesta. Cabe preguntarse si la crisis financiera es la causa de todos los males o, a su vez, el efecto de otras causas estructurales más profundas. El orden económico mundial ha cambiado bastante desde los acuerdos de Bretton Woods (1944), en los que se establecieron las reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países más desarrollados del mundo. Entonces estaba a punto de acabar la II Guerra Mundial, buena parte del mundo estaba destruido, el nivel de vida de las personas era reducido incluso en los países más prósperos y no había países emergentes.

En el tiempo transcurrido, la población mundial se ha duplicado (de 2.630 a 6.670 millones de personas), la renta por habitante de Estados Unidos, Japón y de los países más desarrollados de la Unión Europea ha crecido significativamente, pero salta a la vista la importancia de la mayor presencia en el comercio mundial de países como China (1.312 millones de personas) e India (1.129 millones de personas). No sólo de ellos, también de Indonesia (245 millones de personas), Vietnam (87 millones de personas), Corea del Sur (48 millones de personas). Son millones de personas, que en uso de su legítimo derecho a prosperar trabajan duramente para mejorar su nivel de vida. Son países que, además, han introducido mejoras tecnológicas en su tejido productivo, lo que les ha permitido ampliar el abanico de productos en los que competir. Ahora no se limitan a bienes de diez céntimos o de un euro, sino que abarcan otros de elevado valor añadido que anteriormente monopolizaban los países más desarrollados. La competencia por vender productos y servicios se ha ampliado y se ha endurecido. Abandera el proceso un país, China, sin libertades políticas individuales, pero que dispone de un potencial casi infinito de mano de obra. Una mano de obra que trabaja sin apenas derechos sociales y, por tanto, da lugar a unos costes laborales imposibles de igualar en los países occidentales.

Se habla, con razón, de la precarización de las condiciones de trabajo en el mundo desarrollado. Más bien habría que hablar de un proceso de dualización, con un reparto muy desequilibrado entre trabajos cualificados y no cualificados. Se habla menos de los millones de personas que, aún con condiciones penosas en la actualidad o lejanas de las alcanzadas por los trabajadores del primer mundo, han mejorado sensiblemente su nivel de vida en relación con la miseria soportada durante siglos.

La imposibilidad de competir con estos nuevos contendientes puede explicar algunos comportamientos occidentales, en un proceso de huida hacia adelante concretado en sucesivas burbujas monetarias. Las burbujas de la empresas punto com, la inmobiliaria y la financiera pueden haber sido el instrumento para lograr un crecimiento imposible de lograr mediante el comercio de bienes y servicios, por la pérdida de competitividad. La prosperidad artificial resultante ha permitido sostener el consumo, y por tanto el crecimiento, con la contrapartida de incurrir en déficit comerciales cada vez mayores con los países que producen los bienes, es decir, los denominados emergentes.

Los riesgos de las burbujas no se limitan al insostenible a largo plazo endeudamiento con estos países (las reservas de China rozan los dos billones de dólares). Parecen, por otro lado, haber generado una dinámica de aumento en su propia dimensión. La siguiente siempre ha sido más grande que la anterior, como demuestra la magnitud del agujero provocado por la masiva emisión de activos que en realidad no se saben lo que valen. La tasación inicial de 700.000 millones de dólares ha dejado paso a los dos billones de dólares actuales, aunque se manejan cifras de aseguramiento de activos emitidos que de momento, por salud mental, hay que rechazar pues de ser ciertas nos encontraríamos ante una verdadera catástrofe.

Desde esta perspectiva, la crisis financiera sería en realidad un efecto de otras causas estructurales y no la causa última de la crisis. Esta constatación no reduce ni un ápice los efectos negativos del desastre provocado por el gigantesco fraude financiero, ni la necesidad de establecer normas que eviten una nueva crisis de estas características. Pero puede, no obstante, cambiar la dirección e intensidad de otras decisiones para afrontar la crisis global que sufrimos. En realidad nos enfrentaríamos a un nuevo orden mundial que funciona todavía con normas e instituciones caducadas y, lo que puede ser peor, con mentalidades obsoletas que confunden el deseo con la realidad. El futuro está en juego y el grado de acierto en el diagnóstico no es un asunto menor".



Siguiendo con la propuesta realizada por Summers, el amplio impacto sobre las decisiones de consumo y el ahorro provocaron un aluvión de opiniones de diferente signo. Dado que el encadenamiento propuesto era penalizar el ahorro para maximizar el consumo, aparecen algunas preguntas complicadas del estilo ¿qué sucede si las compras de los consumidores nacionales son mayoritariamente producidas en otro país y, por tanto, no colaboran a mejorar la riqueza propia? ¿cómo se financia la necesaria inversión para ampliar el tejido productivo sin el ahorro suficiente porque el incentivo a consumir es excesivo por una remuneración negativa de los depósitos? ¿que pasa si el país destino final de las inversiones o del ahorro es diferente al que establece los tipos de interés reales negativos? ¿cómo afectará a la confianza de los inversores el incentivo a generar deuda?. 

La propuesta de Summers contó con el apoyo inmediato de Paul Krugman (Secular Stagnation, Coalmines, Bubbles, and Larry Summers) quién consideró reforzadas su tesis sobre la necesidad no sólo de mantener sino de ampliar las agresivas políticas monetarias y fiscales aplicadas desde el inicio de la crisis en Estados Unidos. Su defensa de la propuesta se sostiene, entre otras cuestiones, en restar importancia al aumento de la deuda pública porque su coste de financiación sería cero, sin conceder demasiada importancia al más que posible aumento del saldo en circulación. Una falta de atención al crecimiento de la deuda que comparte con Summers, quien en su discurso no hace ninguna mención desfavorable a las consecuencias del aumento del endeudamiento de los agentes privados y públicos provocado en la sucesión de burbujas.



En la actualidad hay un conflicto considerable en distinta valoración de las políticas aplicadas desde el inicio de la crisis, sin en muchos casos, separar sus efectos a corto y largo plazo. La experiencia ha demostrado que la puesta en práctica de políticas monetarias muy expansivas con bajos tipos de interés y mucha liquidez en los países desarrollados, no ha generado hasta el momento la temida inflación (IPC) ni tampoco sobrecalentamiento de la actividad productiva. Estados Unidos ha conseguido alcanzar tasas anuales de actividad económica casi normales hasta recuperar el nivel de producción anterior a la crisis (y casi también en tasa de desempleo), aunque en este éxito no se debe olvidar la influencia de la intensa capacidad de ajuste por el lado de la oferta, en especial de los salarios. 



Las políticas expansivas, sin embargo, también han provocado un importante aumento de la deuda pública, sobre todo, en Estados Unidos, Reino Unido y Japón, al haber apostado por la monetización de un déficit público elevado. Por otra parte, la relativamente baja relación entre aumento de la deuda pública y crecimiento del PIB puede ser también interpretada como asumir un coste excesivo para el resultado obtenido o, como mínimo, una senda de incremento de la deuda difícilmente sostenible en el tiempo. En el proceso de valoración de los efectos de las políticas implementadas no hay que olvidar que la aplicación de políticas fiscales más austeras en la Zona Euro no ha mejorado los resultados, al haber obtenido, por lo menos a corto plazo, peores ratios todavía cuando se compara el aumento de la deuda pública y el ritmo de actividad económica (salvo análisis contrafactuales, es decir, efectos sin su aplicación).

En paralelo, las políticas monetarias expansivas han sido un componente decisivo para explicar el incremento del precio de los activos mobiliarios (bolsa de valores) hasta niveles poco razonables con la situación real de las empresas y las perspectivas de la economía. También han colaborado a una desequilibrada distribución de la renta al tener el estrato más rico de la población superior capacidad de acceso al nuevo dinero inyectado en el sistema; y han introducido perturbaciones en los países emergentes a través de flujos de inversión no estables que buscan tasas de rentabilidad superiores a los bajos tipos de interés en los países de origen.    

La situación actual de las economías avanzadas puede que sea única en la historia aunque sólo sea por la magnitud de los problemas. La política económica se enfrenta sin duda a un gran reto desde dos corrientes de pensamiento bastante enfrentadas (expansionistas vs austeridad) que en ambos casos utilizan algunos argumentos a tener en cuenta. 

Reconozco no tengo ninguna receta mágica para salir de tan complicada y compleja situación, aunque creo que posiblemente se debería buscar un punto de equilibrio entre ambas líneas de propuesta. Considero necesario construir políticas de corto plazo (las necesarias para no volver a caer en una nueva recesión) desde un componente estructural (recuperar competencia con terceros para, como mínimo, no perder más cuota de mercado). Un planteamiento que no percibo en el actual debate demasiado preocupado por los resultados inmediatos. La respuesta a cómo consiguen los países avanzados mejorar su producción en el nuevo contexto de competencia internacional, sigue sin estar clara. Confiar en salir adelante con una sucesión de burbujas no es una solución sólida; de igual forma que tampoco lo es el exceso de financiarización de la economía, porque ambas opciones están acompañadas de la generación de más deuda que en algún momento habrá que pagar. 

No es fácil elegir las políticas que devuelvan un funcionamiento sano a la economía, pero tengo el convencimiento que siempre deberían estar acompañadas de cambios en la actitud acomodada de la población, muy confiada en poseer una posición dominante sobre el resto del mundo que la realidad niega cada día más.     


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