domingo, 27 de mayo de 2012

condición humana


Comienza la tarde en Madrid. Me contesto antes de seguir con mis quehaceres.

La condición humana es el centro del mundo. Las personas son capaces de los mejor y lo peor. De lo mejor porque la ambición de ser el mejor en algo puede generar muchos efectos positivos a los que te rodean. Hay ambiciones sanas: el conocimiento, la música, la literatura, la generosidad. Una persona puede querer ser admirado por muchas cosas que son positivas para el resto. Desde esa perspectiva, la ambición es sana. Se trataría de crear las condiciones para que los mejores se encuentren entre sí y colaboren para unir sus individualidades alrededor de intereses comunes de la sociedad. Entonces, es posible el avance en la civilización. Pero las personas también somos capaces de lo peor. Desde pequeñas afrendas a otros más débiles, hasta el genocidio dirigido por unos pocos pero perpetrado por muchos. 

El individualismo se ha acompañado en los últimos tiempos, quizá no tan últimos, del fomento de la cultura de la falta de esfuerzo. Hay derechos, no hay obligaciones; el interés personal no solo es hegemónico sobre el resto sino único. A veces, ni siquiera se es consciente de la existencia de otros intereses. Falta empatía y compasión con quienes nos rodean. En esta cultura, las personas son débiles para afrontar los retos y su forma de obviar esa deficiencia es profundizar en la búsqueda de intereses particulares, ajenos al resto de la población. Los débiles solo son fuertes (y dolosos) con quienes son más débiles que ellos.

No hay plano común. El individuo pulula sin brújula cada vez con más miedo y, en ese contexto, el materialismo más burdo gana terreno de forma lógica.

El balance del mundo es optimista si se analiza el avance civilizatorio en buena parte del territorio (entendido como la falta de necesidad de matar al contrario). Pero todavía quedan muchos lugares donde no se ha producido y, en los demás, se producen retrocesos que hay que gobernar para que no sean definitivos. Se trata de primar los impulsos buenos frente a los malos, y en eso la elite intelectual tiene una responsabilidad determinante que, desgraciadamente, no siempre quiere asumir. Unos pocos pueden generar mucho bien pero también mucho mal. La condición humana es así, no hay que engañarse, pero sí trabajar en la dirección correcta. Los "malos" no se van a dejar pero el principal problema actual es que una parte de los que se autocalifican como "buenos" en realidad están en la otra parte por comodidad o intereses inconfesables. Los partidos denominados de izquierda se han convertido en un instrumento utilizado por unas pocas personas para acceder a la elite mediante el uso de su ideología, y disfrutar de sus privilegios. Su forma de entender la elite es transversal al poder alcanzarla desde diferentes orígenes, pero en definitiva, lo importante es pertenecer a ella. Hace muchos años, un diputado me dijo: esto es como un tío-vivo, da muchas vueltas pero lo importante es estar encima del caballito. La conducta se ha extendido mucho hasta convertirse en costumbre y con ella se consolidad una impostura de gran calibre. 

A pesar de todo esto, hay espacio para disfrutar de las pequeñas cosas. Los escépticos también tenemos derechos que pueden ser compatibles con asumir las correspondientes obligaciones.


Madrid 17 de abril de 2012



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