jueves, 24 de mayo de 2007

Y llegó el día


Recuerdo de un día de 2007

La persona en cuestión había dado muchas charlas y conferencias en su vida, experiencia suficiente pensaba para poder afrontar la exigencia de su nuevo trabajo de docente en la universidad. Los preparativos habían sido duros, o mejor dicho, absorbentes porque le había dedicado decenas de horas a preparar los temas de los que constaba la materia, y constantemente pensaba si sería capaz de responder a todas las imaginarias preguntas que se le pasaban por la cabeza. La preparación ya le avisaba que ese trabajo era exigente, porque no quería ni pensar en qué pasaría si fallaba y no era capaz de responder adecuadamente, es decir, con los argumentos y la racionalidad suficiente que necesitara la cuestión presentada por algún alumno.
Esa etapa había pasado, creía tener preparado el temario de un curso de enseñanza reglada que debía impartir probablemente a un grupo de jóvenes que no sabía si tenían muchas ganas de asistir a las clases.
Y llegó el día, que le tocó traspasar la puerta, subir a la tarima y desde allí, desde la cátedra como la habían bautizado los sabios griegos, se enfrentaba por primera vez a ese trabajo tan deseado y, entonces fue más patente lo que ya presentía, que le faltaba oficio y sólo el conocimiento y la ilusión –también su orgullo y amor propio- le podría hacer salir adelante. 
Ahora, dos cursos después todavía recuerda su inseguridad para establecer el ritmo de la clase, como le taladraban las miradas que en ese momento pensaba inquisidoras de los alumnos y que no eran otra cosa que la manera de medir su fuerza. La boca se le secó y pudo sacar adelante la clase con apuros. Entonces, recuerda no sabía como establecer un ritmo donde los conceptos se adecuaran a la capacidad de coger apuntes, también recuerda como algunos alumnos le miraban un poco airados por pensar que iba deprisa y hasta hubo un momento que parecía poder estallar un motín. Cuánto miedo de separarse de la mesa donde estaban sus apuntes, su seguro de vida que ahora casi ni veía porque la letra era demasiado pequeña.
La prueba inicial fue dura, también bonita porque significaba asumir un reto querido. La primera clase le permitió aprender -al igual que cada una de las siguientes- como combinar el conocimiento que quería transmitir con las necesidades de los alumnos, como hacer apetecible el contenido, como interesarles por unas cuestiones económicas en apariencia y en realidad bastante áridas. Intentó aprender cómo mantener el respeto ganando en complicidad, siempre midiendo la distancia para no verse atrapado en el juego del amiguismo. El profesor, como el padre, no es amigo de sus alumnos, su tarea es enseñar y no solo de la materia que le toca sino otras cosas importantes, como transmitir el interés que siente por la materia que enseña y la ilusión por hacer bien su trabajo porque el alumno percibe rápidamente a los profesores que no ocupan el tiempo sino que lo aprovechan, y más aún, que lo disfrutan. La intensidad no pasa desapercibida en ningún ámbito de la vida.
El tiempo le ha permitido adquirir oficio que intenta añadir a sus enormes ganas de transmitir el poco o mucho conocimiento que atesora. El mismo día que impartió su primera clase se acordó de una persona que le había regalado el título de estas letras, a quién le debía un escrito por tan importante acontecimiento. Han pasado dos años, dos cursos universitarios, en los que el profesor (con título de asociado) ha disfrutado mucho de su experiencia –lo mejor sin duda de lo realizado en ese tiempo- y afortunadamente los alumnos parecen estar contentos con su trabajo, como algunos –los más decididos- le han traslado de palabra e incluso en alguna misiva a través del nuevo correo, el electrónico.
Este escrito es un pequeño homenaje para los buenos profesores.


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