miércoles, 7 de agosto de 2013

Demasiados deberes, muchos lastres y pocas herramientas

 Las cosas no han cambiado mucho respecto al momento en que escribí una entrada sobre este tema en el mes de mayo, la economía española tiene muchas cosas que resolver, con efectos contradictorios en el corto plazo. Por eso hay que elegir de forma cuidadosa las decisiones para intentar buscar soluciones, pero también minimizar los daños.

Trataré de explicarme. Mantenemos la mayor parte de las deficiencias que la llevaron al actual pozo: tejido productivo insuficiente, enorme deuda, sistema financiero averiado y sistema fiscal desequilibrado. La única cosa en la que hemos mejorado, y no es una cuestión menor, es haber cerrado el gran agujero en las relaciones comerciales con el exterior. Pasar de necesitar financiación externa por valor de 10 puntos del PIB a obtener un excedente de 2 puntos como puede ser posible a final del presente ejercicio, es un gran éxito.

Lo peor del proceso es la sensación de desequilibrio en los esfuerzos que tienen los trabajadores asalariados porque después de realizar un importante esfuerzo en el proceso obligado de devaluación interna (no había alternativa en la posición de 2007), comprueban con rabia que la tasa de desempleo sigue siendo indecente. Da igual un 26 que un 27 por ciento de la población activa; se trata de un nivel de paro que una sociedad razonable no puede asumir. En este terreno aparece uno de los problemas: la deuda de las empresas españolas es enorme y todo apunta que el mayor excedente conseguido a través de la reducción del coste laboral y las mayores ventas, se ha dirigido en una parte sustancial a la disminución de deuda, es decir que con independencia que algunas empresas y demasiados directivos mantengan injustificados beneficios (10 millones de euros de pago anual permiten pagar 320 ocupaciones con un coste laboral medio), el objetivo de reducción del saldo de deuda ha prevalecido sobre el destino más deseado por la sociedad en este momento: invertir y crear empleo. Una opción, la del pago de la deuda contraída que están también acometiendo las familias españolas mediante el obligado pago de las cuotas mensuales de la hipoteca (cuantía que se considera ahorro). Por tanto, no hay margen para consumo e inversión porque hay que dedicar la mayor parte de la renta al pago de la deuda.

¿Qué hacer, entonces para crear empleo? Con sinceridad no tengo una receta mágica porque veo que el poder de las restricciones sigue siendo demasiado importante para ganarles el pulso, y la capacidad de aplicar las políticas de demanda agregada que recomienda la teoría económica sigue siendo reducida, aunque el superávit de la balanza por cuenta corriente abre una rendija de esperanza. Hemos recuperado la competitividad con terceros al vender más productos de los que compramos y, por tanto, también un pequeño margen porque mientras mantengamos esa posición se podrían aplicar políticas de incentivo a la demanda interna al no transferir riqueza al exterior como hacíamos antes. La muestra de la ganancia en capacidad de competir viene dada porque las exportaciones explican las dos terceras partes de la mejoría en las relaciones con el exterior. Por otra parte, el haber conseguido el superávit sin devaluar el tipo de cambio también tiene ventajas. Conviene recordar que devaluar la moneda abarata comparativamente nuestros productos pero también incrementa el precio de las importaciones, de forma que si no existe un pacto de rentas para no trasladar a los precios internos el mayor coste de las importaciones, el efecto de las exportaciones de desvanece en poco tiempo. Por este motivo el vuelco conseguido en el saldo comercial con el exterior sin devaluación de la moneda es más provechoso y, por supuesto, más difícil de lograr.

Precisamente este argumento me hace recelar sobre confiar en una depreciación del euro como instrumento determinante para asentar la recuperación de la economía española. La pérdida de valor de la moneda europea beneficiaría las exportaciones de todos los países de la Zona Euro a terceros países sin tener influencia en las relaciones interiores (alrededor del 50% de las exportaciones españolas) y elevaría el precio de las importaciones. Sin  el posterior control de la evolución de las rentas (salarios y beneficios) se podría trasladar ese aumento a los bienes exportables, y saldrían perdiendo en el proceso los países con mayor dependencia en el precio para exportar y mayor dependencia energética. La economía española necesita vender más pero después de la desaparición de las operaciones inmobiliarias tiene un tejido productivo pequeño para el número de trabajadores que buscan empleo (oferta de trabajo), de manera que no se puede permitir el lujo de perder la posición ganada con tanto esfuerzo en los últimos años, a la espera de realizar las inversiones que le permitan competir con mas valor añadido.  

Para aumentar la actividad nacional queda la posibilidad de impulsar el consumo y la inversión interna, pero ambas están muy limitadas por el proceso de reducción de deuda y la restricción de crédito. Ésta última porque los bancos españoles (y muchos de los europeos) todavía continúan inmersos en su particular proceso de saneamiento. ¡Qué bien nos hubiera venido utilizar los 100.000 millones de euros del rescate europeo! en vez de los 42.000 millones dispuestos.

Queda aumentar el consumo a partir de poner más renta a disposición de los agentes económicos, es decir, a través de los salarios percibidos o beneficios distribuidos, con los que se podría conseguir un efecto multiplicador en la actividad, siempre y cuando no se revierta el actual superávit con el exterior (el margen es de tan solo 2 puntos del PIB). El total de renta salarial puede crecer de dos formas, por un incremento del salario por persona o por un aumento del número de personas ocupadas. Lo ideal sería por la suma de ambas, pero la realidad nos devuelve al punto de partida. Para crear empleo hay que ser capaz de mejorar la capacidad de competir con terceros y vender tus bienes y servicios en el mercado nacional o internacional.  Se trata de conocer hasta que punto las empresas españolas han alcanzado un nivel de competitividad sólido que les permita como mínimo mantener la cuota de mercado internacional y pelear por ganar parte del mercado nacional. Cuando se depende mucho del precio del producto, un aumento en los costes podría empeorar esa posición aunque existe la posibilidad de compensar con la ganancia de productividad acumulada desde 2007 (más de 13 puntos) o con la disminución de otros costes (materias primas, gastos financieros, excedente empresarial, ...).

Se me ocurre que el mejor lugar para dirimir esta duda es la negociación colectiva, pero creo que esta herramienta se ha deteriorado en exceso con la última reforma al desequilibrar la posición de las partes en contra de los trabajadores. La deseada flexibilidad interna permitiría tratar este delicado asunto y alcanzar los acuerdos adecuados, aunque tampoco nos engañemos, en España hay demasiadas empresas muy pequeñas donde con la legislación actual es una quimera pensar en una negociación colectiva mínimamente razonable. Vuelvo, no obstante a recordar la frustración que genera realizar esfuerzos sin ver resultados inmediatos. También es positivo fortalecer las empresas a través de la disminución de deuda pero se explica poco a los trabajadores que reducen su salario y no ven un aumento paralelo en el empleo o, una mínima certeza sobre su participación en futuros beneficios.

Las decisiones internas son fundamentales, pero España necesita ayuda exterior. Tampoco hay que esperar grandes milagros en las actuales circunstancias, pero los países de la Zona Euro deben hacer algo para salir del marasmo. No todos pueden ser acreedores con el exterior o, por lo menos, no lo pueden ser todos siempre. Vale que los países que se apoyaron en acumular deuda para crecer por encima de su capacidad potencial deban solucionar los desequilibrios acumulados, pero también deben recibir ayuda para optimizar el gran esfuerzo realizado con la devaluación interna. La Unión Europea debería acelerar las decisiones relacionadas con la unión bancaria y fiscal para mejorar la confianza en el euro. También mantener la flexibilidad utilizada en los últimos tiempos para alcanzar el saneamiento fiscal, pero a corto plazo debe añadir más esfuerzo de los países con fundamentos macro sanos y una actuación más decidida del BCE en la compra de activos hipotecarios y créditos a las PYMES. Sin esta ayuda exterior la recuperación de la economía española será más lenta y dolorosa.

De todos modos, gestionar una situación tan complicada necesita de algunas cosas adicionales. Como repito de forma pesada desde el inicio de la crisis, ayudaría bastante explicar con detalle a la población las enormes dificultades que todavía permanecen sin resolver, para no generar expectativas imposibles de cumplir porque entre otras cuestiones, cabe la posibilidad de no recibir la ayuda exterior y debamos utilizar solo nuestros recursos. Ante esa tesitura, conviene disponer de un plan alternativo, un plan B, y en esta posición es más pertinente, si cabe, encontrar más equilibrio en el reparto de los esfuerzos entre los factores productivos con menos beneficios distribuidos y una aportación más favorable de los precios de productos básicos.

Conviene reconocer el esfuerzo de la población que sufre el paro o reduce sus ingresos y, ayudaría bastante a aumentar la confianza de la población, proceder a una significativa disminución de los inmorales y no justificados pagos percibidos por los directivos que, además, en algunos casos sostienen su gestión en la regulación pública, además de utilizar sus empresas como refugio de personas sin el conocimiento suficiente, en pago de servicios prestados anteriormente en ámbitos distintos al empresarial.

En todo caso, siguen siendo imposible sorber y soplar a la vez, y los españoles seguimos teniendo demasiadas cosas que solucionar, muchos lastres en nuestra mochila y pocas herramientas para utilizar en el presente y en el futuro próximo.








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