domingo, 17 de noviembre de 2013

Mentiras poco piadosas en el rescate del sector financiero

El otro día me trasladaba un amigo su indignación al enterarse de la más que posible pérdida del Estado de la mayor parte de las aportaciones realizadas a los bancos. De ser cierto, y así parece por las recientes declaraciones del Ministro de Economía, una buena parte de los más de 61.000 millones de euros aportados (se habla de pérdidas provisionales de 36.000 millones), no se recuperarán nunca y, por tanto, se quedaran dentro de ese saldo de deuda pública pendiente de pago que acumulamos los españoles (ya cerca del billón de euros). Considera un atraco que los contribuyentes y, por tanto él mismo, una persona cumplidora y puntual en el pago de sus impuestos, sean los que paguen los platos rotos de una fiesta a la que no estuvo invitado.

Mi primera reacción es darle la razón, ponerme incondicionalmente a su lado y compartir su profunda indignación lanzando algunos improperios contra la injusta situación que me comenta. Los de siempre se llevan los beneficios mientras la mayoría, los pringados hablando en términos coloquiales, asumen sin remisión las consecuencias negativas. En estos casos, da mucho juego formar parte de la mayoría y buscar un tercero a quien echarle las culpas. Pero pienso ¿a quién le echamos la culpa del desastre?.

Se  me ocurre introducir una precisión en la conversación y comentar que el destino de todo ese inmenso dineral han sido las cajas de ahorro; unas entidades de propiedad pública y gestión privada donde de manera indirecta estaba presente la sociedad civil a través de partidos políticos y agentes sociales y económicos. No todas las cajas de ahorros han necesitado dinero público, por supuesto, pero sí un número importante de ellas. Es decir que los bancos privados no han recibido ayudas públicas por su situación patrimonial aunque no hubiera sido mala idea obligarles a recibirlas para solucionar antes la carestía de créditos y puede que se hayan beneficiado posteriormente al absorber entidades en quiebra.

Realizada la primera precisión continuo con el desatinado camino de profundizar en el tema con algunos argumentos frente a la fácil posición de compartir la indignación hacia un enemigo indefinido. Metido en jaleo, se me ocurre incorporar a la conversación algunas de las mentiras poco piadosas utilizadas ante la opinión pública. Recuerdo a altos cargos de la anterior administración, incluido el propio Presidente del Gobierno, afirmar que España tenía el sistema financiero más solido del mundo o, alguna expresión parecida cuando conocían o, debían conocer que la acumulación de créditos hipotecarios era de una magnitud que hacía imposible cumplir esa categoría de solvencia. Puestos a recordar, recuerdo declaraciones emitidas por cargos del Banco de España calmando a quienes advertían de los riesgos del crecimiento desaforado del crédito porque según ellos estaba acompañado de un incremento del valor de los activos de garantía (inmuebles y balances de las empresas). Este intercambio de ideas también incluía la contradicción de tener que mantener precios altos en el precio de la vivienda para que los balances bancarios y familiares cuadraran en contra de las posibilidades de acceso para las personas con menor renta. El tiempo ha demostrado que el precio de los activos se ha deteriorado mucho, las familias y empresas se han quedado con la deuda y el sistema financiero se ha resentido mucho.

Le recuerdo a mi amigo que tampoco hay que olvidar las consecuencias de las fusiones frías entre cajas de ahorro,puesta en práctica a partir de la brillante idea defendida por el Gobernador del Banco de España y el Ministerio de Economía de juntar entidades para que la parte buena absorbiera la mala. Una teoría contraria a la experiencia de otras crisis (sanear lo malo para después vender) demostrada un error de bulto al haber colaborado al hundimiento de más entidades.

Más recientes son las declaraciones del actual Ministro de Economía en las que concentraba su atención en lo barato que era el préstamo solicitado al Mecanismo de Estabilidad Europeo (42.000 millones al 0,5% a 15 años ) mientras afirmaba que la operación no costaría un euro a los ciudadanos. Igual conclusión publicitaba la misma persona cuando anunció la creación de un "banco malo", en un ejercicio difícilmente creíble porque cómo no va a tener pérdidas un instrumento con ese nombre.

Pasados seis años del inicio de la crisis aparecen una cascada de declaraciones que oscilan entre el asombro y la crítica pero que en su mayoría evitan realizar un relato global de lo sucedido. Los españoles van a perder dinero porque la concesión de créditos durante la etapa 1998-2008 fue disparatada en volumen y gestión (más en las cajas de ahorro que en los bancos), porque el regulador y controlador público no cumplió su misión; porque los gobiernos miraron hacia otro lado ensimismados en los réditos electorales de las altas tasas de crecimiento de empleo y riqueza, y porque cuando ya no tenía remedio el desaguisado, se eligieron malas soluciones, entre otras razones, para no reconocer su participación en la creación del desastre.

Hace menos tiempo se adoptaron medidas más contundentes para sanear el sistema financiera y evitar el colapso absoluto, pero se han hecho diciendo medias verdades o faltando a la verdad y sin explicar las verdaderas causas a la población, de forma detallada y comprensible.  Le cuento a mi amigo que el rescate público se ha realizado para evitar un colapso del sistema financiero que bloquearía la actividad económica del país y, también se ha hecho para no penalizar a los depositantes, es decir, a los ahorradores. Cuando un banco quiebra, los accionistas pierden su dinero. Mi amigo me interrumpe para puntualizar que eso es lógico, al igual que en cualquier empresa dentro de un sistema capitalista. Continúo diciendo que con la quiebra también pierden el dinero quienes les prestaron dinero al comprar bonos (entre ellos las cédulas hipotecarias para financiar la burbuja inmobiliaria), y él me interrumpe diciendo que tampoco le parece mal que pase eso y se apoya en recordar que ha escuchado por ahí que en su mayoría son ricos y además muchos de los inversores son alemanes. Me callo ante el segundo comentario aunque me permite comprobar el mal concepto sobre los alemanes que ha cuajado en España a partir de unas acusaciones que no comparto, y me centro en recordarle las malas consecuencias que puede traer a un país el impago de una deuda a terceros. Intento transmitirle que la pérdida de confianza provocaría una alejamiento de los inversores extranjeros cuando la economía española no tienen suficiente ahorro para financiar sus inversiones.  

Lo que más le sorprende escuchar es que con la quiebra de un banco también pierden los depositantes, no solo los muy ricos sino también personas como él que tienen en el banco los ahorros de toda su vida. En este punto tan doloroso para sus intereses me recuerda que el Estado le garantiza 100.000 euros; como tiene razón le digo que entonces encontramos un motivo para que el dinero público rescate el banco, dado que de esa forma resulta en la mayoría de los casos menos costoso para los contribuyentes y para el futuro de la actividad económica del país. Es cierto que dejar quebrar bancos puede servir de advertencia a los inversores para que elijan mejor donde sitúan su dinero como defiende la teoría libertaria, pero esa decisión también puede finalizar en un distanciamiento de los ciudadanos del sector financiero impidiendole que cumpla con su función de intermediar entre quien ahorra y quien quiere invertir e, incluso, puede convertirse en un incentivo excesivo a consumir frente al riesgo asociado a perder sus ahorros.

Mi argumentación sobre todo lo que ha rodeado el rescate bancario no se agota en este punto porque necesita añadir el terrible daño causado a la sociedad española el encadenamiento de pésimas decisiones y desempeños en la gestión, concretado en la acumulación de una ingente deuda y el posterior bloqueo del crédito que está ahogando por falta de liquidez incluso proyectos viables. También necesita añadir que el rescate no ha estado acompañado de la necesaria penalización de quienes causaron el problema, es decir, hemos incurrido en un severo problema de riesgo moral que defrauda a la población y refuerza la actitud de los listos que se lucraron mientras han traslado las pérdidas a todos.

El proceso de rescate bancario ha estado lleno de explicaciones parciales y lagunas informativas, por eso sorprende la perplejidad en algunas reacciones cuando se van desvelando públicamente su coste. De haber reconocido la gravedad del problema desde el primer momento, haber tomado las decisiones necesarias (sanear y después vender) asumiendo de forma abierta que implicaría costes irrecuperables de dinero público, en contrapartida se habría ganado al limitar en el tiempo el impacto de la crisis financiera sobre el corte de crédito y se habría mejorado la credibilidad de todas las instituciones ante los ciudadanos.

No me extraña que mi amigo esté tan cabreado.


 






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